Desde el ecuador del siglo XIX hasta la segunda década del XX desembarcaron más de cuatro millones de personas de Italia, España, Francia, Rusia, Alemania, Inglaterra, Portugal o Suiza. Llegaron de países que nunca más serían como eran en esos años, de un mundo en el que existía el tiempo en las distancias. Buenos Aires los encontró, los cruzó, los vio irse y volver, perderse y buscarse.
Ellos pasaron a ser Buenos Aires y Buenos Aires nunca más dejó de ser parte de ellos. En esa ciudad frágil y voluptuosa los bares fueron puertos en el puerto, muelles donde saciar la sed, noches donde ponerle palabras a la historia, vasos donde mezclar las bebidas que cruzaban el Atlántico.
Desde las fondas reas de vuelta de Rocha hasta las barrancas de Recoleta pasando por los antros marineros del centro los bares fogonearon la vida nocturna de la ciudad.
Ellos pasaron a ser Buenos Aires y Buenos Aires nunca más dejó de ser parte de ellos. En esa ciudad frágil y voluptuosa los bares fueron puertos en el puerto, muelles donde saciar la sed, noches donde ponerle palabras a la historia, vasos donde mezclar las bebidas que cruzaban el Atlántico.
Desde las fondas reas de vuelta de Rocha hasta las barrancas de Recoleta pasando por los antros marineros del centro los bares fogonearon la vida nocturna de la ciudad.
Llegaron bartenders norteamericanos y cantineros
españoles, el gin amado por los ingleses y la ginebra holandesa, los amargos italianos y el Jerez andaluz,
el ron de Cuba navegando por el Atlántico y el pisco peruano desde el Pacífico, los maestros cerveceros
alemanes y el anís de los turcos, el hada verde y el champagne de los franceses y el vino generoso de los
portugueses.
Llegó otra sed, otras historias, otros pasados, otro futuro.
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Martín Auzmendi.
Llegó otra sed, otras historias, otros pasados, otro futuro.
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Martín Auzmendi.



